El idioma
de los medios de comunicación

El tema no parece demasiado original. Nos hemos referido
a él una y otra vez a lo largo de estos años, siempre con la
esperanza de que alguien,
en ese ambiente, se diera por aludido.
Pero,
no. Eso no parece suceder.
Sí
se han sensibilizado en cuanto al mal uso que del idioma se hace en
los medios de comunicación, los lectores, los televidentes, los
escuchas.
Diariamente,
nos llegan comentarios, opiniones, generalmente despectivas, sobre la
forma en que manejan el lenguaje los comunicadores sociales.
Podrían
ser ellos los más indicados para cuidar y mejorar el idioma. Podrían
lograr, a través del uso diario que de la palabra hacen, un
perfeccionamiento de la lengua que, ningún docente, en forma
individual, es capaz de llegar a hacer.
El lenguaje es un
patrimonio cultural, propio de una sociedad, que la enaltece o la
rebaja, según cuál sea el uso que de él se
haga.
En
nuestro país, se enorgullecen de lo bien que hablan los habitantes de
Rocha y de Maldonado; no podemos hacer lo mismo los de Montevideo, por
ejemplo.
Cada
vez que alguien usa la
palabra, ya sea
escrita u oral, debe estar preparado para hacerlo. Y estar
preparado no significa leer un papel que se tiene delante de los ojos,
que hasta puede haber sido redactado por otro y, probablemente, con
incorrecciones. Significa dedicación, estudio, aprendizaje, consulta,
puesta al día en todo lo referente a la lengua.
Solo
improvisan aquellos que dominan el lenguaje, que son una ínfima minoría
y a quienes les ha costado años llegar a hacerlo.
El
hecho de tener una buena presencia, simpatía, no asegura la
posibilidad de una buena comunicación. Eso hay que trabajarlo,
aprenderlo, estudiarlo y, los dedos de la mano deben de sobrar para
contar cuántos de nuestros comunicadores lo han hecho o, por lo
menos, tienen conciencia de que deben hacerlo.
En
cuanto a la prensa, que es lenguaje escrito, la posibilidad de
corregir, de mejorar el texto está siempre presente. Pero, para eso,
quien lo redacta debe ser humilde y reconocer que, seguramente, lo que
hizo no es perfecto. Que todos caemos en repeticiones, en lugares
comunes, en mala construcción de las frases, en lenguaje confuso,
solo comprensible para nosotros mismos. Que hay que rehacer una y otra
vez el texto para lograr algo que los demás entiendan.
Y,
ante esta acusación, los periodistas se defienden: "No se puede
corregir. Se trabaja contra reloj". Muy bien, posiblemente sea
cierto; motivo de más para estudiar lengua, para estar seguro de no
equivocarse, para no cometer errores ortográficos.
En
cuanto a la radio y a la televisión, que es lenguaje oral, el riesgo
resulta mayor. La posibilidad de retractarse, de corregirse, prácticamente
no se da, porque aunque se sea consciente del error, reconocerlo
resulta difícil y "si pasa, pasa".
Por otra parte, juega también un papel importante la
pronunciación. Cada término tiene determinadas letras y el oyente
debe escucharlas con precisión porque así tiene que pronunciarlas
quien está hablando para él. Esto no significa, de ninguna manera,
afectación en el lenguaje: para nosotros , rioplatenses, la "s",
la "c " y la "z"; tienen el mismo sonido; la
"ll" se pronuncia como "y". Así tiene que ser. Lo
que no es posible, y el ejemplo se lo debemos a un escucha, que no se
sepa si se dijo "celeridad, severidad o temeridad".
Es
necesario que todos, comunicadores orales y escritos, usen
con precisión, seguridad y claridad el idioma. No deben aprenderlo a
los tropezones, después de cometer los errores. Nadie aprende
lenguaje solo: ayuda sí la lectura, la observación del buen idioma
de los demás, la responsabilidad que se siente en el momento de
usarlo.
Pero,
en los países en que la lengua materna se considera como un
patrimonio del cual la gente se enorgullece, quienes trabajan con
ella, son adiestrados por técnicos para hacerlo de la mejor manera
posible.
En
el Uruguay aún no tenemos conciencia de ello. La lengua materna se
enseña durante unos pocos años (ya hicimos mención a ello) y ni los
organismos públicos ni los privados gastan en preparar a su personal
en ese aspecto.
Recibimos,
además, una mala influencia de programas importados, en los que se
hace uso y abuso de un mal lenguaje. Y ese mal lenguaje no se refiere
solo a expresiones
groseras, a palabras soeces, sino a términos incorrectos, a tiempos
verbales mal usados, a oraciones, a veces, incomprensibles.
Por
otra parte, también son culpables de la mala expresión, además de
los entrevistadores, los entrevistados. Quien se ve obligado a
contestar, públicamente una entrevista, sabe que sus palabras son
escuchadas por miles y miles de personas. ¡A cuidarlas, entonces! O,
a negarse a hablar en público si uno es consciente de que no sabe
hacerlo.
¿Alguna
persona se tira al agua si no sabe nadar? No. ¿Por qué entonces
todos hablan si no saben hacerlo
con corrección?
Sumemos
a todos estos males el uso diario
del Correo Electrónico.
Y
acá sí que se destroza el idioma.
¿Qué
reglas ortográficas son propias únicamente de este tipo de
comunicación? ¿Existen? ¿Quién las dictó?
¿Qué libro las tiene?¿Dónde se expresa, por ejemplo, que
las mayúsculas no deben llevar tilde, que los signos de puntuación
son innecesarios, que los párrafos no existen?
Quienes
utilizan el Correo Electrónico están construyendo (más bien
destruyendo) su propio lenguaje. Por otra parte, una serie de nuevas
palabras, algunas de origen inglés, otras
creadas por los propios usuarios, se introducen en el idioma.
El
Correo Electrónico no es más que eso: un correo. Lo que ha variado
es la rapidez de la comunicación, no la forma. Lo que se redacta en
él se ajusta a todas las reglas que rigen el buen lenguaje. No hay
motivo que justifique la deformación que de él se hace.
Lo
que lleva menos tiempo es la forma de enviarlo, no la forma de
redactarlo. Para ella, hay que ser tan exigente como con todo trabajo
escrito.
Por
supuesto, todos lo usamos, apreciamos sus ventajas, pero no debemos
tomarlo como otra de las tantas formas de deteriorar el idioma.
Y
quienes mandan comunicaciones por este medio son las mismas personas
que trabajan en determinados lugares y en todos ellos se valen del
lenguaje.
¿De
cuál? Del que deforman día a día a través de la computadora o del
correcto, al que, seguramente les cuesta recordar?
Parece
difícil pasar, automáticamente, del mal al buen lenguaje. Y este último,
día a día, se ve más perjudicado.
Repitamos,
una vez más, a los canales de televisión, a las radios, a los
diarios, al Ministerio de Cultura:
El
lenguaje es un bien propio de toda la comunidad. No hay nada que pueda
hacerse sin valerse de él.
¡Cuidémoslo, mejorémoslo y, por encima de todo, tomemos conciencia de
que debemos perfeccionarlo, actualizarlo y eso solo se logra con
trabajo!
Contamos con
la posibilidad de tratar cada uno de estos puntos en profundidad. Diferentes documentos,
preparados especialmente, contienen la información, pero no son de acceso gratuito.
Si usted está interesado en alguno de ellos, escríbanos a lenguaje@todo.com.uy e indíquenos sobre qué tema
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